viernes, 20 de septiembre de 2013

La violencia de género. Micromachismos y sus efectos


La violencia es uno de los temas de mayor relevancia en nuestra actualidad. Pese a no tratarse de algo nuevo, por estar arraigado en nuestra educación patriarcal, esta tomando relevancia por la denuncia pública de los medios de comunicación y la alarma social que ha suscitado.

El machismo no va en nuestro ADN, no es innato ni biológico, es algo ambiental que vamos aprendiendo y asimilando de nuestro entorno, tanto de forma tácita como explícita. Es cultural, esta imbricado en nuestra historia. Es pura manipulación, es querer controlar al otro, es perpetuar la asimetría del hombre sobre la mujer, es falta de respeto sobre la individualidad del otro, es imposición, dominio y sometimiento. Este desequilibrio es la causa de la violencia de género.

Toda desigualdad genera violencia, por lo que es importante definir un modelo de relación sano y funcional. Se hace, cada vez más necesario, plantear unas relaciones de género desde la igualdad y desde la equidad. La simetría entre ambos sexos es fundamental.

La génesis radica en el miedo y la rabia, siendo expresada de forma especial por los hombres, ante la imposibilidad de poder mostrar estos sentimientos por cauces normales, y estallando cuando ya no es posible contenerla en el interior.

Ya desde la escuela y en el hogar con la familia, aprendemos desde pequeños la jerarquía y la asimetría existente (los hombres hablan, las mujeres callan; los hombres no lloran, etc), el poder radica en el padre, el cuidado y la protección, en la madre.
Desde niños, en las formas de jugar y relacionarse, ya existen diferencias resaltables, que con el crecimiento y maduración, se van acentuando, creando formas distintas de entender la vida, las relaciones y la comunicación entre los dos sexos.

Según el modelo tradicional patriarcal de valores masculinos, la violencia es un elemento reforzador y reafirmante de la identidad masculina de los hombres, y es en este modelo patriarcal, donde se haya el origen de la desigualdad que genera la violencia de género.

Uno de los principales instrumentos de preservación y mantenimiento del sistema patriarcal ha sido la violencia de los hombres contra las mujeres. Ambos, hombres y mujeres, la aprenden en sus relaciones humanas como instrumento de acción y reacción, es lo que se ha dado en llamar violencia estructural, inherente al sistema social. La violencia derivada del patriarcado, es ante todo un elemento punitivo y/o de control. Todo acto de violencia en el seno de la familia, es un mecanismo de control, manifestado por agresión física, verbal y psicológica, ejercido con el fin de perpetuar el dominio hegemónico del patriarcado.

La violencia es un valor social para alcanzar ciertos logros en la sociedad, y lejos de disiparla, se mantiene y se lucha por defenderla como medio valido para alcanzar estos logros. Tanto la represión de la esfera emocional, como la del desarrollo del yo exterior, hacen difícil el equilibrio en el hombre, dando lugar a episodios de violencia incontrolada. Esa lucha por querer aparentar que se es un autentico macho y el refuerzo social del rol del hombre frente a la mujer, hacen que brote la violencia masculina.

El machismo duro y radical ya no se lleva, además seria fácilmente detectable, criticado y censurado. Pero el hombre no ha cejado en su empeño, es solo que ha modificado su estrategia para conseguir lo mismo mediante la sutileza y ocultación de los diferentes trucos secretos aprendidos a lo largo de su educación para “ser hombre”.

El carácter estructural de la violencia, hace que esta se muestre sutilmente en los espacios sociales, quedando invisibilizada por un manto normalizador y cotidiano y, algo que solo puede parecer un gesto, estaría reproduciendo estructuras de dominación y violencia. Según nos muestra Bonino (1998), existe una masculinidad soportada por elementos micro, que comportan machismo, (el los llama micromachismos, mM) y que conllevan una gran cantidad de microviolencias, sustentando estructuras típicas y tradicionales de dominación. Más allá de las agresiones físicas y psicológicas, tendríamos la violación del espacio personal (EP).

La efectividad de estas acciones para mantenerse por encima de las mujeres radica en la sutileza de las mismas, y de la naturalización de este machismo. Códigos secretos, trucos masculinos para retener poder, miradas excluyentes, todos ellos son machismos sutiles no explícitos que impiden la igualdad y apartan a las mujeres de acceder a los recursos sociales y personales que se les debería permitir. A estos actos sutiles de control y de machismo, se les ha dado en llamar “micromachismos mM”.

Los micromachismos son mínimos y cotidianos ejercicios del poder del dominio del hombre sobre la mujer, son comportamientos suaves y de baja intensidad, formas, modos tácitos y negados de uso y abuso de la imposición de las propias razones que permiten al hombre hacer lo que quiere sin permitir a la mujer poder estar en simetría.
Nuestro espacio personal EP es como nuestra vida, de modo que invadiéndola y coartándola, se esta limitando la libertad de la persona, y su autoestima. Los mM son muy eficaces para controlar la natural evolución de la mujer como ser humano hacia la autonomía, para evitar la posible dependencia de ella y para no perder control, dominio y seguridad en la relación, intentando hacer sentir a la mujer, menos que persona

Existen varios tipos de mM:
Los mM utilitarios, que intentan forzar la disponibilidad femenina aprovechándose de diversos aspectos “domésticos y cuidadores” del comportamiento femenino tradicional. Son especialmente aplicados en el ámbito de las responsabilidades domésticas (no responsabilizarse sobre lo domestico, abuso de la capacidad femenina para las tareas domesticas, ayuda al marido en lo laboral).
Los mM encubiertos, que pretenden ocultar su objetivo de imponer las propias razones abusando de la confianza y credibilidad femenina (creación de falta de intimidad, pseudonegociación, inocentización)
Los mM de crisis, que pretenden mantener la permanencia en el desigualatorio statu quo, cuando éste se desequilibra, ya sea por aumento del poder personal de la mujer o por disminución del poder de dominio del varón. Es como un mecanismos corrector de la asimetria desigualatoria (resistencia pasiva y distanciamiento, darse tiempo, aguantar el envite, refugiarse en el estilo).
Los mM coercitivos, que sirven para retener el poder a través de utilizar la fuerza psicológica o moral masculina (Uso expansivo-abusivo del espacio físico y del tiempo para-sí, apelación a la “superioridad” de la “lógica” varonil).

Una característica común a todos estos mM es la lógica machista del doble rasero por la que se rigen: “lo que vale para mí, no vale para ti”, situación que muestra con claridad quien decide el juego y los privilegios que se adjudica, esta visión esta enfrentada por la opuesta, donde la consigna “una voz, un voto” refleja la propuesta democrática de un rasero igual para todos, con iguales opciones de elección.
Ningún varón ejerce a la vez todos estos mM, pero casi todos los hombres, tienen pericia en el uso de varios de ellos.

La sutileza de la “toxicidad acumulativa” de los micromachismos, derivada del uso reiterativo y combinado de los mM, produce menoscabo psicológico y coarta la autonomía personal, perpetuando el desequilibrio de la mujer frente al hombre, solidificando su posición inferior. Por su invisibilidad, los mM con su afecto aditivo, producen un daño sordo y sostenido, agravando y perpetuando sus efectos, a la par que inhibe la defensa de la mujer por la imperceptibilidad de sus trampas manipulativas.

Los daños a la autonomía femenina, por la toxicidad que se crea, producen agobio, mortificación y menoscabo de la autonomía y autoestima de la mujer por el daño sordo y sostenido. Estas trampas manipulativas, provocan en las mujeres efectos como: sobreesfuerzo psicofísico, inhibición del poder personal y de la lucidez mental, deterioro de la autoestima y de la autocredibilidad, malestar difuso, irritabilidad crónica y hartazgo sin motivo. En el seno de la pareja, las estrategia mM, favorecen una relación asimétrica, disfuncional, con autonomía y desarrollo del varón a costa de la mujer.

En la actualidad, las mujeres se están dando cuenta de las estrategias manipulativas de los hombres y están empezando a conocer las sutiles trampas de los hombres, reconocen el lenguaje de acción y manipulación, han aprendido a desenmascarar estos comportamientos y se les reduce la culpabilización inducida por estas maniobras.

El cambio viene de la mano de que los varones, hagan una autocrítica real de su ejercicio naturalizado y cotidiano de sus privilegios de género y de ese automatismo heredado, y que se someta a un entrenamiento concreto para poder alcanzar la plena democracia de género.

Aparte de las acciones encaminadas por la administración de justicia, el verdadero camino esta en la prevención de la salud emocional.
Se deben aproximar posturas, pero que duda cabe que el mayor recorrido y esfuerzo lo tienen los hombres, debido a su punto de partida machista y patriarcal, y acabar con las luchas de poder.

Es necesario, un verdadero cambio temprano desde la educación, y desde los contenidos curriculares, que modifique la conducta de sumisión y victimización que hay arraigada en la sociedad y muestren a nuestros jóvenes la igualdad, que en justicia debería existir, y es desde las escuelas, los centros de asistencia primaria, actores sociales y las asociaciones de mujeres como podemos conseguirlo, y también deben producirse profundos cambios en los mensajes de los medios de comunicación que construyen el genero, ya que lo único natural, es el sexo que nos diferencia.


Autor: El Mentalista.

Bibliografía:
Bonino, L. (1995). Micromachismos, En J. Corsi, La violencia masculina en la parejaBuenos Aires: Paidós.
Ruiz, C., Blanco, P. (2004). Las microviolencias y sus efectos: claves para su detección, La violencia contra las mujeres. Prevención y detecciónMadrid: Díaz de Santos.
Castañeda, M. (2002). El machismo invisible. México DF: Paidós.

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