sábado, 11 de octubre de 2014

La memoria del cuerpo


En Niza, los laboratorios Accenture Technology acaban de crear una máquina capaz de leer el futuro. Pero es un futuro que contiene por entero el pasado. Una pantalla plana de televisión enchufada a un equipo de cámaras y a un ordenador devuelve la imagen de uno mismo en un plazo de cinco años. No admite clemencia. Según cuáles sean los hábitos del usuario, más o menos amable será la imagen virtual de la pantalla. Esta suerte de Gran Hermano que pertenece al programa Emotional Intelligence de estos laboratorios cachea los movimientos del individuo mediante una red de cámaras que se reparten por toda la casa. En la máquina quedan grabados el número de veces que abre la nevera, el tiempo que pasa viendo la televisión o el que ha pasado en su bicicleta estática. Y el programa informático reconoce los distintos patrones de comportamiento.

Un software que se instala en nuestra conciencia

Los creadores de esta máquina confían, sobre todo, en el poder persuasivo que podría tener esta tecnología y, especialmente, para aquellas personas que por sus hábitos son firmes candidatos a formar parte de ese colosal colectivo de más de mil millones de personas, que según un estudio dirigido por el científico Jian He, del Departamento de Epidemiología en la Universidad Tulane de Nueva Orleans, en el año 2025 padecerán hipertensión. El invento ratifica, una vez más, que, más allá de los 40 millones de células nerviosas responsables de gestionar en el hipocampo la información que procede de los sentidos, todo cuanto acontece en la vida de un ser humano desde su concepción hasta la muerte se va transmitiendo al resto de las células y queda archivado en la memoria orgánica para siempre. Al parecer, la memoria del cuerpo es calmosa, pero implacable. Día a día retiene las agresiones que sufre, como la mala alimentación o el desgaste causado por las hormonas del estrés, pero también los estímulos positivos.

Cada órgano revela una parte de los datos retenidos

Un tercer cerebro, aparte del que tenemos sobre los hombros y el que habita en el apararo digestivo, registra la manera en que azotamos o mimamos los órganos y tejidos vitales. Y entre las memorias de cada uno de ellos existe una íntima relación que los científicos empiezan a desenmascarar. Ya en los años 70, el psicólogo Robert Ader empezó a estudiar e investigar las relaciones entre la mente, las emociones y el cuerpo, creando así la llamada psiconeuroinmunología, una ciencia que vincula los sistemas inmunológico y nervioso, de manera que las emociones negativas, como la ira, la ansiedad y el estrés, repercuten en la salud, acelerando el desarrollo de ciertas enfermedades -úlcera de estómago, cardiopatías, etc...- y volviendo más vulnerables nuestras defensas. La ansiedad y los trastornos emocionales facilitan la aparición de enfermedades infecciosas, como resfriados y herpes, debido a que el sistema inmunológico se debilita. Y cuando esto sucede, los cuerpos tienen mayor dificultad para hacer frente a los agentes cancerígenos. Existen estudios que demuestran que los matrimonios que llevan más de tres meses con peleas y conflictos diarios son más propensos a desarrollar una infección del aparato respiratorio. El cardiólogo Ilan Wittstein, de la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore, publicó recientemente sus conclusiones acerca de los males del corazón en New England Journal of Medicine. Una emoción fuerte puede causar un daño irreparable en una persona que jamás ha sufrido dolencia cardíaca alguna. Por ejemplo, el llamado mal de amores, la presión psicológica mantenida o un sobresalto emocional disparan los niveles sanguíneos del neuropéptido Y, de la adrenalina y otras hormonas del estrés. Como si se tratara de malos recuerdos, el efecto pernicioso de estas moléculas se acumula en el músculo cardíaco y acaba partiendo literalmente el corazón de los afectados, según el doctor Wittstein.

Un disgusto que deja llaga en los labios

En este interesante estudio también puede leerse que el mayor riesgo corresponde a las mujeres, sobre todo de mediana y tercera edades. Con este peso científico, la idea popular de morir de amor deja de ser un recurso exclusivamente poético. ¿Y quién no ha padecido alguna vez la aparición repentina de un herpes después de una discusión acalorada o de un disgusto importante? El virus que lo causa se aprovecha vilmente de un conflicto entre la memoria neurológica y la corporal. En los momentos de mayor tensión emocional, como un examen o un fuerte disgusto, el agente viral se reactiva en forma de llagas en los labios. Igual de oportunista es el herpes genital, un hermano del anterior que aparece sin avisar en las partes íntimas. En estos casos, el cuerpo se ha olvidado de la presencia del intruso y sus defensas han sido descuidadas a causa del estrés neuronal.

Un simple análisis puede airear una verdad aterradora

Pero la memoria orgánica no sólo se ve influenciada por lo que sucede en nuestra intimidad neuronal, sino que es modificada por inputs provenientes del mundo exterior. Sin ir más lejos, los contaminantes ambientales se fijan como recuerdos indeseables en el interior de las células, hasta el extremo de lesionarlas y causar su muerte. De este modo, un simple análisis de sangre permite reconstruir parte de nuestro pasado. La prueba: se han encontrado 41 sustancias nocivas en 39 miembros del Parlamento europeo, que eran originarios de 17 países. En mayo de 2004, los parlamentarios se sometieron voluntariamente a un análisis de sangre promovido por el estudio DetoX de la organización ecologista WWF para la detección de 101 productos químicos, como pesticidas organoclorados, PCB y f-talatos. Ninguno de ellos tenía constancia de haber estado en contacto directo con estos venenos, pero sin embargo ahí estaban en su sangre.

Podemos desarrollar una auténtica inteligencia sexual

Una vez más, la memoria biológica se ha mostrado de una eficacia demoledora. Según el doctor Domingo Pérez León, director del Instituto Biológico de la Salud, "algunos factores como el tabaco, las drogas, la automedicación y una alimentación desequilibrada perturban un organismo sano, intoxicando la sangre, disminuyendo el oxígeno, agotando su sistema nervioso y alterando la composición de los líquidos orgánicos. Estos factores quedan grabados en la memoria de las células y con el tiempo acabarán disminuyendo el sistema inmunológico y sus mecanismos habituales de adaptación". El daño es acumulativo. Ocurre, por ejemplo, en la exposición abusiva y sin protección a los rayos solares. La radiación ultravioleta penetra en la piel y causa minúsculas lesiones en la molécula de ADN que a veces son irreversibles. Sus efectos no se ven de manera inmediata, sino que afloran después de décadas, cuando aparecen las manchas, las arrugas e incluso el cáncer.

Un cuaderno de bitácora para los científicos

Es así como el organismo va labrando su propio diario. Las mentes más abiertas, ven en ello una posible intervención médica. En el futuro, la ciencia contará con herramientas para zambullirse en la memoria de las células y descubir por qué han enfermado. En palabras de la psicóloga Luz Casanovas, autora de La memoria corporal, "el cuerpo se moldea a partir de una carga genética, con las experiencias, sentimientos, emociones, recuerdos y pensamientos. Guarda sus secretos hasta que queremos descifrarlos y no se cansa de darnos pistas en forma de síntomas, que es su forma de hablar". También en nuestra vida sexual la memoria corporal tiene trazado su propio mapa del placer y lo hace a partir de las imágenes y vivencias acumuladas en el pasado y asociando cada zona erógena con un sentimiento o sensación concretos. Como dice el neurocientífico Juan Carlos López, autor del libro El telar de la memoria, "hay estímulos que encajan con los recuerdos como llave y cerradura".

Cuando la psique nos hace una mala jugada

Igual que la estrella de mar que se parte en dos y ambas mitades vuelven a desarrollar la que les falta, el ser humano da extraordinarios ejemplos de autorreparación: cicatrices que se borran, huesos que se sueldan... Del mismo modo, se borran las heridas del alma. Cuando no ocurre así, mente y cuerpo entran en conflicto: el dolor psicológico comienza a plasmarse en forma de dolor físico o enfermedad. De hecho, "un porcentaje muy amplio de personas acude a las consultas médicas aquejadas de trastornos, alergias y enfermedades que tienen un origen psicosomático", advierte la psicóloga Margarita García Marqués, directora del centro de terapias alternativas Hara, en Madrid. Una de las somatizaciones más comunes sucede con la alergia. "Muchas personas proyectan en los alergenos o sustancias que la producen aspectos ocultos de la personalidad y carencias afectivas sin resolver", explica el doctor Pérez León, quien advierte que el 80 por 100 de las enfermedades de la piel tienen un origen psicosomático. Según él, una buena parte de las reacciones cutáneas, como sudor excesivo, palidez, rojeces, urticaria o prurito, delatan un pasado del paciente repleto de ansiedades, miedos y angustias. Es por eso por lo que tan a menudo los dermatólogos asocian la urticaria con la depresión. Esta lesión cutánea sería una exteriorización emocional. Igualmente pasa con la psoriasis y la alopecia. Éstos y otros trastornos se repiten con frecuencia en adultos que sufrieron carencias afectivas.

Los niños con desarraigo familiar enferman más

El recién nacido no sólo responde con movimientos reflejos a los estímulos y sensaciones que le llegan a través del gusto, el olfato, el oído o el tacto, sino que, además, los registra e interpreta. El pediatra Florencio de Santiago, asesor de la revista Ser Padres, considera que las caricias y el vínculo afectivo con la madre constituyen una fuente inagotable de satisfacción emocional que resulta esencial para su desarrollo físico y psicológico. El cerebro del hombre empieza a moldearse mediante la experiencia y a partir de ella va a aumentar el número de conexiones neuronales: las experiencias positivas y negativas discurren por autopistas neurológicas diferentes. La II Guerra Mundial y los avatares de los niños nacidos en medio de la contienda impulsaron a un grupo de científicos británicos a indagar clínicamente en el estado físico y psicológico de aquellas criaturas que, a causa de los bombardeos, sufrieron el desarraigo familiar. Los niños investigados gozaron todos de una educación y tuvieron cubiertas sus necesidades más básicas. Sin embargo, unos pasaron su infancia en orfelinatos y otros fueron acogidos por familias británicas acomodadas que, además de alimentación y abrigos, les proporcionaron un entorno emocional caluroso y agradable. Con el tiempo, la investigación concluyó que esta diferencia afectiva fue decisiva en su desarrollo físico y psicológico. De hecho, la tendencia a sufrir dolencias fue mucho mayor en el grupo de niños criados en los orfelinatos. A la vista de todas estas investigaciones, no dejan de proliferar numerosas terapias que, con mayor o menor tino, pretenden tratar las patologías y los trastornos físicos o emocionales que tienen su origen en un hecho pasado. En los años 60, el médico estadounidense George Goodheart creó el llamado Touch For Health, una simbiosis de la medicina tradicional china y los avances occidentales que trata de liberar la tensión que provoca en el paciente desde problemas de columna o tensión hasta violentos espasmos musculares. Su efecto terapéutico recae en la memoria de la piel.

La coraza que nos cubre es bastante frágil

Los científicos saben hoy que el tacto es vital para la maduración cerebral: el bebé humano difícilmente sobrevive sin la estimulación cutánea adecuada. No es una casualidad que a las 20 semanas de vida aparezcan en la piel y las mucosas fetales los receptores táctiles. Éstos alcanzan en el nirvana del líquido amniótico una densidad que ¡es mayor que en edad adulta! Las caricias y mimos que se propinan al bebé quedan de algún modo almacenados en la memoria de la piel, el órgano que contacta el mundo exterior con el interior. Las sensaciones gratas que percibimos a través de éste son traducidas en placer por el neurotransmisor cerebral llamado dopamina. El Touch For Health activa esta memoria corporal para obtener su acción terapéutica, según los defensores de esta medicina alternativa. Aunque carecen de evidencias científicas, sus mentores aseguran que cada célula alberga una "memoria" desde el momento de la concepción que se puede reprogramar como la memoria de un ordenador a través del tacto.
Recorriendo el cuerpo con las manos, es posible precibir la huella viva de un traumatismo sufrido años antes. Quizás la memoria consciente lo olvidó, pero ahí queda la tensión que, por ejemplo, limita su frexibilidad.

Dime qué haces y te diré de qué enfermas

Lo que parece evidente es que las costumbres determinan nuestro envejecimiento. Así se deduce de un estudio dirigido por el doctor Darrick Antell, cirujano plástico en el Hospital St. Luke Roosevelt de Nueva York, demostró cómo una pareja de gemelos con igual patrimonio genético habían envejecido de manera muy desigual. Uno había disfrutado de una vida sana, tranquila y sin vicios. El otro llevó una vida alborotada y con vicios muy variados y, para colmo, había abusado de sus exposiciones al sol. En una entrevista, la escritora Ana María Matute describía, sin saberlo, la memoria corporal: "Lo que existe de verdad es el pasado. Lo que nos pesa, lo que nos ha hecho ser lo que somos, nuestra memoria, nuestras arrugas, nuestras decepciones; en esto es lo que nos ha formado lo que somos, el pasado".


Marian Benito/ David Jiménez



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